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Monzón, la serie. Siempre hay una verdad.

La ficción de Space recorre la controvertida vida del boxeador y plantea dualidades constantemente: el buen padre y el esposo golpeador; el campeón y el asesino; el pasado y el presente.

La frase “nadie tiene la verdad absoluta” aparece frecuentemente en los discursos como una forma de mediación entre dos posturas opuestas. Posiblemente quien sea que la diga esté en lo cierto, si lo ligamos a los pensamientos o miradas sobre el mundo, porque en cuanto a los hechos, no hay subjetividad posible. Algo ocurrió o no. Carlos Monzón asesinó a Silvia Muniz o no.


Luego de 31 años de la resolución del caso, sabemos que así fue: el campeón mundial del boxeo mató a su esposa. Pero queda el interrogante más cautivador y atrayente para el espectador que quiere descubrir la verdad que plantea esta serie: la forma, el cómo. Y para entender este cómo, el relato propone un recorrido por la enigmática vida del femicida, desde su infancia sumido en la absoluta pobreza en su pueblo en Santa Fe, pasando por una adolescencia marcada por los inicios en el deporte y la incipiente relación con Pelusa, su primera esposa; hasta su actuación en películas con Susana Giménez y los últimos años de su carrera. Si bien estamos frente a una ficción, por momentos aparecen en la narración imágenes de archivo de noticieros y programas de televisión en los que se comentaba el caso, el cual mantuvo en vilo a todo el país durante largo tiempo. Este ejercicio logra reforzar la trama e interiorizar a un posible espectador no tan familiarizado con los hechos del crimen.



De esta forma, los capítulos van alternándose entre el pasado, en donde ya vemos el maltrato y violencia de género de Monzón hacia Pelusa y, posteriormente, hacia Susana; y el presente, el cual retoma desde que Alicia es hallada muerta en la casa de Mar del Plata que ambos compartían. En ese momento es cuando la serie toma elementos del policial para rastrear las pistas del crimen y descubrir lo ocurrido; por ejemplo, recorriendo la escena del crimen en largos planos secuencia que permiten observar cada detalle; o usando múltiples veces las reconstrucciones desde diferentes puntos de vista. Así, en uno de los primeros capítulos la acción se centra en el personaje de Coco, el casero, quien está pasando la noche con una mujer en la cabaña pegada a la casa y escucha los disturbios que ocurren allí dentro. En otro capítulo, un cartonero le relata a la policía todo lo que vio aquella noche cuando se asomó por entre los arbustos de la casa. Rápidamente el hombre fue desmentido, pero finalmente su versión era la correcta: Monzón había tirado a Alicia Muniz por el balcón cuando ya estaba muerta, para luego tirarse él mismo en búsqueda de simular un accidente.

Si bien el relato avanza lineal en ambos tiempos, ya que vemos los triunfos y el estrellato del joven Monzón en el pasado mientras, en el presente, se sigue de cerca la investigación, se produce la primera ruptura con el décimo capítulo. El primer llamado de atención ocurre cuando los títulos, que previamente presentaban un cartel con el apellido del femicida, sorprenden cuando el apellido Muniz lo reemplaza. Y así es como introducen al personaje interpretado por la magistral Carla Quevedo, que durante cuarenta minutos se pone al hombro un capítulo cargado de complejidades e interiorizaciones del personaje para poder entender cómo comenzó su relación con Monzón pero, principalmente, cómo se desarrolló tan turbulentamente durante muchos años.


Es al principio de la serie, en los primeros capítulos, cuando la presentación del joven boxeador apela a la empatía del espectador por ser un chico humilde de un pueblo lejano que intenta, de cualquier forma, ser campeón del mundo. Hay un juego peligroso aquí que presenta el director Jesús Braceras, ya que en las secuencias de boxeo, la puesta en escena busca que el público desee fervientemente la victoria de Monzón. Somos parte de ese público que en 1970 empezó a admirar al boxeador y a alentarlo en cada una de sus peleas en el ring. Como contraparte, vemos la violencia que ejerce contra Susana Giménez, por ejemplo, en un capítulo clave para entender su retirada del deporte. En su última pelea en Francia, luego de haber golpeado a Susana por un malentendido, ella decide volverse a Buenos Aires y él la busca desesperado entre el público antes de que comience el encuentro. Con los mismos puños con los que le asestó golpes a su pareja del momento, logra vencer a su rival y coronarse una vez más como el absoluto campeón mundial. Y como el hombre violento y machista que agredía a sus parejas.



La teórica de cine Laura Mulvey, en su texto Placer visual y cine narrativo, destaca que en el cine hegemónico el espectador llega a una identificación con el protagonista masculino, quien es portador de su mirada sobre la mujer como objeto, controlando además la fantasía de la película, a la cual ese público quiere alcanzar. La mujer funciona tanto como un objeto erótico para los personajes de la historia como para el espectador. Si analizamos Monzón desde esta perspectiva, notamos que se invierten los roles. La identificación con el campeón desaparece, mientras que los personajes de Pelusa, Susana y Alicia, las víctimas de violencia de género del boxeador, sí logran una empatía del público, que ve constantemente la presencia de Monzón como una amenaza para su bienestar. La puesta en escena y la narración logran colocarnos en sus zapatos, vivir lo que ellas vivieron, entender su sufrimiento.

Cuando el anteúltimo capítulo termina con el comienzo del juicio, lo que se espera del siguiente es que se desarrolle mostrando las peripecias de lo que fue el proceso y el posterior veredicto. Sin embargo, les realizadores toman un decisión arriesgada: reconstruir la noche del femicidio, sin volver al presente del relato, abandonando todo lo referido al juicio. Y es acertado, principalmente porque ya sabemos que Monzón es culpable, no hay necesidad alguna de un capítulo en el cual aparezcan las distintas voces que argumentan, defienden o acusan al hombre. Durante la época de los traumáticos sucesos, existía la polarización en la sociedad: estaban quienes creían en la inocencia de Monzón y quienes abogaban por su inmediato encarcelamiento. El juicio no se incluye nunca porque, desde un principio, el relato tiene bien en claro que la verdad es una sola.


El planteo de la narración nos permite reflexionar sobre la figura del ídolo en la actualidad y lo que se genera cuando aparecen acusaciones de violencia, abuso sexual o cualquier agravio hacia la mujer de parte de éste. Igual que en el caso de Monzón, están aquellos que apoyan al campeón, a la figura en la que quieren verse representados ellos mismos; y por otro, los que se enfocan en la persona y en sacar a la luz una verdad que los medios hegemónicos prefieren mantener oculta para sostener la mentira del ídolo. La dicotomía verdad-mentira abunda, pero los hechos son precisos. En el imaginario colectivo nacional se lo quiere recordar como el gran ídolo del deporte, pero la serie de Space nos pide que recordemos a la persona, al golpeador, al femicida.




Por Mauro Pando.



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