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Los hijos de Isadora: una experiencia cinematográfica necesaria

Por Marina Amestoy

“(…) El cuerpo es la extensión del alma hasta

las extremidades del mundo y hasta los confines

del sí, el uno en el otro intrincados e indistintamente

distintos, extensión tensa hasta romperse.”


58 indicios sobre el cuerpo, Jean Luc Nancy, 2006.


¿Es posible hacer una película con gestos? ¿Construir un relato-audiovisual-danzante que hable de sí mismo como tal? ¿Que se auto-defina en su búsqueda por serlo? Damian Manivel, director de esta, particular y ensoñada, “cinta”, parece encontrar la manera para que así sea. Da vida a Isadora Duncan a través del dolor y, sobre todo, a partir de su iconográfica obra Mother (1921) gestada en la trágica pérdida de sus dos hijos y alumbrada por una poética universal.


En su pliegue-despliegue-repliegue, da estructura a una majestuosa cinematografía labrada con sutilezas, detalles, abundante en ademanes y muecas, donde una pausada continuidad de un plano tras otro da estructura y coherencia al relato apenas hablado, apenas silente, de cuatro mujeres, en cuatro situaciones distintas. Todas ellas buceando en un (su) mar de íntima exploración y (auto) conocimiento y, aún siendo este un viaje sumamente personal, termina por mutar y convertirse en uno de fortísima impronta existencial-colectiva.


La danza es uno de los sitios, por excelencia, donde abreva el cuerpo cuando busca respuestas, como cualquier (otra) expresión artística que anima al alma como piel y esta, a su vez, como primera envoltura de la vida (finalmente), a dejarse abrazar por trazos, ojos-de-pez, gran angular(es) o “simples” movimientos. El cuerpo como experiencia es un tema que atraviesa todos los tópicos posibles y figuras (des)conocidas. Es, tal vez, en su modo de enunciar(se) donde encuentra la capacidad de latencia y permanencia en este mundo, tal cual lo conocemos. Decisión titánica, si las hay, la de dejarse invadir, transicionar, agujerear, agrietar y ver qué nos pasa cuando vamos vivenciando, y volviendo consciente, nuestra cárnica-experiencia.


Eso logran estas grandes actrices mujeres, bajo la atenta y cálida mirada de su director que construyó a una Isadora que, en su vacío vuelto pieza coreográfica, nos pega en los ojos, nos transpira en los dedos, nos llora en las piernas, para terminar de danzar(nos) en las manos. Los hijos de Isadora es una invitación a (des)andar caminos que creíamos conocidos, (casi) digeridos, pero no. Es, a la primera toma, que damos por hecho que todo lo que creíamos saber a partir de lo que llevamos recorrido no es tan obvio, no es tan personal, no nos pertenece en singular. Como “dice Isadora”, ya hacia el ocaso/final del metraje, leído por nadie y todos, en verdad:


“Yo no he inventado mi danza, esta existía mucho antes que yo. Pero llevaba siglos dormida y mi dolor la despertó”



Ficha técnica: Los hijos de Isadora

  • Título original: Les enfants d'Isadora

  • Año: 2019

  • Duración: 84 min.

  • País:  Francia

  • Dirección y guión: Damien Manivel

  • Fotografía: Noé Bach.

  • Reparto: Agathe Bonitzer, Manon Carpentier, Julien Dieudonné, Marika Rizzi, Elsa Wolliaston

  • Productora: Coproducción Francia-Corea del Sur; MLD Films

  • Género: Drama | Ballet. Maternidad


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